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PROPET 2026: Lo que vi, lo que escuché y lo que me preocupa del sector veterinario español

Reflexiones desde el congreso PROPET 2026 sobre el estado de la IA en veterinaria, los perfiles que preocupan, el valor del tiempo y hacia dónde va el sector.

El año pasado escribí sobre PROPET desde una perspectiva inusual para mí: sin stand, sin producto que vender, sin objetivos comerciales. Solo con los ojos abiertos y paseando por los pasillos. Fue la primera vez en más de veinte años que asistía a un congreso del sector en España sin estar «anclado» a un espacio, con libertad total para moverme, observar y hablar con quien quisiera. Me quedé con una imagen bastante clara del sector: activo, con energía, pero con ciertas inercias que ya entonces me llamaban la atención.

Este año he vuelto otra vez al otro lado. Con un stand, con KYBERVET, con producto real. Pero en una situación diferente a todos los años anteriores en los que he tenido stand: casi solo, sin equipo de apoyo, sin posibilidad de alejarme demasiado ni explorar la feria con la libertad que me hubiera gustado. Veinte años gestionando stands con compañeros, con rotaciones, con capacidad de salir a recorrer pasillos — y este año, atado. Lo digo porque es relevante para contextualizar lo que sigue: mi visión de esta edición es más limitada geográficamente que en otras ocasiones, y lo que cuento sobre la feria en general hay que leerlo con ese matiz.

Dicho esto, lo que he visto, escuchado y vivido estos tres días — sumado a lo que llevo acumulando durante meses de visitas, reuniones y conversaciones con el sector — me da material más que suficiente para reflexionar en voz alta.

La IA estuvo presente. Pero…

Quiero ser preciso aquí, porque la impresión fácil sería decir que la inteligencia artificial brilló en PROPET 2026. No es exactamente eso. Estuvo presente, pero su presencia fue escasa para la relevancia que, a mi parecer, el tema tiene hoy, y lo que más me llamó la atención no fue la falta de soluciones sino la falta de interés general por parte de los veterinarios.

¿Qué había? El scribing — toma de notas automatizada en consulta — fue probablemente lo más presente en el ámbito del software. También estaba la IA integrada en analizadores de laboratorio, como herramienta de medición y análisis, algo que lleva ya un tiempo consolidándose en ese segmento. Había una solución de análisis de imagen como complemento de un equipo de RX, una aplicación orientada al comportamiento animal (enhorabuena a los valientes compañeros), y alguna cosa puntual más de laboratorios.

No es un panorama de silencio. Es un panorama de poca presencia para un tema que, en otros sectores, en otros mercados, en otros congresos, ocupa ya un espacio central. Y lo que más pesa no es el número de soluciones expuestas, sino la actitud del público ante ellas, pues pueden solventar muchos de los problemas que tienen hoy en día y veo cierta pasividad.

En el lado positivo: hubo un pre-congreso que tocó específicamente la inteligencia artificial, y el tema se tocó también en una mesa redonda. Dos señales de que algo se mueve. Pequeñas, pero reales.

Dos perfiles que me preocupan — y no vienen solo del congreso

Lo que voy a contar ahora no es una conclusión de tres días en PROPET. Es una observación que llevo construyendo durante meses de visitas a clínicas, reuniones con equipos veterinarios y conversaciones de todo tipo. El congreso lo confirma, pero el diagnóstico viene de mucho antes.

En el sector conviven, grosso modo, dos actitudes ante la inteligencia artificial que me preocupan por razones opuestas.

El primero es el escéptico. Las razones varían: hay quien se quemó con un mal primer contacto, hay quien tiene miedo genuino a que la tecnología le quite el trabajo, y hay quien simplemente no quiere cambiar una forma de trabajar que lleva años funcionando. “Yo lo hago así. No tengo edad para estas cosas.” Lo entiendo y lo respeto. Pero hay algo que este perfil no está viendo: esta vez el cambio no va a llegar desde dentro de la profesión. Ya está llegando desde fuera. El cliente llega a la consulta habiendo consultado la IA, con razonamientos más elaborados que el antiguo Dr. Google, con preguntas más precisas, con opiniones formadas. El veterinario que no está al nivel de esa conversación no solo pierde autoridad — pierde relevancia.

El segundo es el iluso delegador. Quiere que la IA lo resuelva todo, incluso lo más complejo y lo que mayor criterio clínico requiere. Y aquí hay un matiz que se olvida con frecuencia: la IA hace bien aquello para lo que ha sido entrenada, y no más. Cada herramienta tiene un alcance y unas limitaciones. Usarla fuera de ese alcance no es innovación, es un error. La inteligencia artificial puede analizar grandes volúmenes de datos, cruzar información que ningún profesional tendría tiempo de procesar — desde valores sutiles en una analítica comparados con el histórico del propio paciente, hasta literatura actualizada sobre una patología poco común — pero requiere un profesional que conozca la herramienta, entienda sus límites y mantenga el criterio clínico al volante, siempre.

Y aquí está la paradoja que cierra el argumento: el cerebro humano tiende a la eficiencia cognitiva cuando se le dan facilidades — a la vagancia, dicho sin eufemismos. Tanto el que rechaza la IA o el que le pide a una IA generalista que resuelva casos complejos para los que no está entrenada, están haciendo exactamente lo mismo: usando IA sin supervisión, sin especialización, sin control. Uno cree que no usa IA. El otro cree que la está usando bien. Los dos están en el mismo nivel de riesgo.

Y esto tiene una dimensión especialmente llamativa en centros más grandes y grupos corporativos. El argumento para no poner herramientas especializadas de soporte clínico a disposición del equipo suele ser precisamente evitar esa dependencia — que los veterinarios dejen de razonar y hagan lo que dice la máquina. Es un argumento que entiendo y respeto. El problema es que ese mismo control no se aplica al uso individual de cuentas personales de ChatGPT, Gemini o Claude, sin supervisión, sin protocolo, y sin saber siquiera qué nivel de formación tiene cada empleado para usarlas. El resultado es el opuesto al buscado: en vez de proteger el criterio clínico del equipo, se deja ese criterio expuesto a herramientas generalistas sin validación, sin contexto clínico, y sin ningún tipo de gobierno interno. Dar la herramienta adecuada y formar al equipo para usarla bien es, con diferencia, la opción más segura.

Ese riesgo no es abstracto — tiene consecuencias clínicas reales.

Precisamente por eso la formación no es opcional. Es la diferencia entre usar la IA como amplificador de capacidades o como una muleta que, además, puede caerse en el peor momento.

En el stand del congreso, las conversaciones fueron más equilibradas que lo que estos dos perfiles sugieren. Gente abierta, dispuesta a escuchar, interesada en entender. Ese perfil existe. Pero sigue siendo minoría.

El valor del tiempo — y la mentalidad que lo devalúa

Hay algo que está debajo de todo lo anterior y que requiere decirse con claridad.

Cuando hablas con un veterinario sobre herramientas que ahorran tiempo administrativo, que atienden llamadas que se pierden, que mejoran la experiencia del cliente y reducen la fricción, la reacción suele ser de entusiasmo genuino. “Eso es exactamente lo que necesito.” Y luego llega la pregunta del precio. Y el entusiasmo se enfría.

Esto no es exclusivo del sector veterinario, pero aquí tiene una dimensión particular. La profesión está sistemáticamente infravalorada en España. En Portugal al veterinario le llaman “doutor”. En Francia tiene un reconocimiento social y económico que aquí no existe. Las causas externas son conocidas: demasiadas facultades, exceso de licenciados, competencia de precios entre clínicas que se canibaliza a sí misma.

Pero hay un factor interno que se habla menos y que también contribuye activamente a ese bajo reconocimiento: una mentalidad dentro de la propia profesión que no ayuda. Cuesta invertir en progreso — en tecnología, en formación, en consultoría, en herramientas digitales. Todo “debería ser más barato” o directamente gratis. Y al mismo tiempo, se exige como el que más y se protesta cuando algo no funciona como debería.

Esa combinación — baja inversión en el propio negocio, altas expectativas de resultado — es una ecuación que no cierra. El tiempo tiene un coste. La llamada perdida tiene un coste. El cliente que se va porque tardaste tres días en responder tiene un coste. El veterinario que no tiene presencia digital pierde pacientes que ni siquiera sabe que está perdiendo.

Mientras el sector no empiece a calcular esos costes con honestidad, seguirá tomando decisiones de inversión que parecen prudentes y en realidad son caras.

Los software de gestión: el dilema del que quiere controlarlo todo

Los software de gestión veterinaria están en una posición que entiendo y que hasta hace poco era lógica, pero con la que hoy en día no estoy de acuerdo.

Su lógica es comprensible: mantener el núcleo del producto mientras añaden capas de valor con funcionalidades de IA. El problema, a mi juicio, es la estrategia que están eligiendo para hacerlo, y tiene dos errores grandes.

El primero es meterse a desarrollar también funcionalidades clínicas que requieren una profundidad que no es fácil de obtener. Entrenar un modelo para soporte diagnóstico, para análisis clínico avanzado, para patologías específicas, requiere datasets enormes, especialización real y años de trabajo. Cuando una empresa de software generalista intenta atajar ese camino y el resultado falla — como inevitablemente ocurre — el mensaje que recibe el veterinario no es “este software no está preparado para esto”. El mensaje es “la IA no funciona”. Y ese daño de percepción afecta a todo el ecosistema.

El segundo error es tratar al cliente como rehén. Sistemas cerrados, integraciones bloqueadas, libertad nula para conectar soluciones de terceros… o que se abren mediante cobro de cantidades económicas significativas y, en ocasiones, de forma bidireccional (cobran al tercero y cobran a su cliente). La lógica de negocio es entendible — clientes cautivos, ingresos recurrentes garantizados, y hasta ahora, podía requerir un desarrollo que llevaba tiempo y lógicamente costes. Pero esta es una estrategia que pone los intereses del vendor por delante de los del veterinario.

Y aquí está el problema: la barrera tecnológica para construir integraciones ha bajado drásticamente. Lo que antes requería meses de desarrollo y equipos grandes, hoy es accesible. Van a salir muchas más soluciones especializadas de las que ningún software generalista podrá desarrollar internamente — comportamiento animal, dermatología, oftalmología, oncología, gestión de comunicaciones, recepción automatizada. El cliente va a querer usarlas. Y si su software no se lo permite, el software se convierte en el problema, en la nueva fricción.

El veterinario no debería tener que adaptarse a la herramienta. La herramienta debería adaptarse al flujo de trabajo del veterinario. Ese cambio de mentalidad — de producto cerrado a plataforma abierta — es inevitable. La pregunta es quién lo va a entender antes.

Una observación lateral: el equipamiento asiático y lo que nos dice

Hubo algo más en PROPET que no tiene relación directa con la IA pero que habla en voz alta sobre la mentalidad del sector.

Este año ha habido una presencia de empresas asiáticas como no recuerdo haber visto en más de dos décadas de congresos veterinarios en España, y sólo había presenciado en eventos internacionales con el fin de buscar información de mercado y empresas de distribución para nuevos «players».

Esta vez mi sensación ha sido diferente, y he presenciado como varias de estas empresas han estado vendiendo equipamiento directamente al usuario final, eliminando al distribuidor, con precios a nivel de coste de distribuidor o por debajo. Sin soporte local, sin presencia en España, sin garantía de servicio postventa más allá de lo que puedan gestionar a distancia.

Y había colas.

Para equipos de bajo valor — cien, doscientos, trescientos euros — la ecuación tiene sentido. El riesgo es asumible y el ahorro real. Ahora bien, ver interés genuino en equipos de inversión — cinco, seis, ocho mil euros — pagados sin factura, en efectivo, y a empresas sin presencia local ni posibilidad real de reclamación — eso me resulta difícil de entender.

No cuestiono la calidad del equipamiento asiático, ha mejorado enormemente y hay productos realmente buenos. Lo que cuestiono es la ecuación completa. Todos los equipos fallan, da igual su origen. Y cuando ese momento llega, el ahorro inicial puede convertirse en un problema muy caro si no se cuenta con alguien detrás.

El intermediario tiene un coste, sí. Pero también tiene funciones: soporte, formación, garantía, proximidad, responsabilidad. Cuando lo eliminas, esas funciones no desaparecen. Simplemente dejan de estar cubiertas.

El congreso ya no es un mercado

Un último apunte que da contexto a todo lo anterior.

PROPET — como la mayoría de eventos del sector — ha dejado de ser un evento transaccional. El cambio empezó a notarse antes del COVID, pero fue la pandemia el momento bisagra que lo aceleró y lo consolidó. Antes, los congresos eran el lugar donde se cerraban pedidos, donde los distribuidores activaban campañas, donde las clínicas más potentes tomaban decisiones de compra relevantes. Había negocio real en los pasillos.

Eso ya no es así. Mi hipótesis es que la consolidación del sector en grandes grupos corporativos ha sido el factor determinante. Las clínicas que antes compraban de forma independiente en cada congreso ahora forman parte de estructuras donde las compras se centralizan, se planifican con antelación y no se deciden en una feria. El resultado es que los congresos se han vaciado de transacción y se han convertido en espacios relacionales, de imagen de marca, de conversación.

No es necesariamente malo. Pero tiene implicaciones importantes para la industria, para quienes invierten en stands, para los organizadores. Y obliga a replantear qué se puede esperar realmente de este tipo de eventos.

Para KYBERVET, PROPET ha sido visibilidad, conversaciones y pulso al mercado. No ventas directas. Y con esa expectativa, fue exactamente lo que tenía que ser.

Para cerrar: hay movimiento, pero hay que acelerarlo

No quiero terminar en negativo, porque no es lo que siento.

El pre-congreso de IA, la mesa redonda, los profesionales que se acercaron con genuino interés en entender y formarse, y proyectos concretos que ya están en marcha — son señales reales de que algo se mueve. Las conversaciones que tuve en el stand fueron de calidad. Hay veterinarios que lo ven, que quieren entenderlo, que están buscando herramientas que de verdad les ayuden. Ese perfil existe y crece.

El problema no es la capacidad del sector para adaptarse. El problema es la velocidad. La IA no espera. El mercado no espera. Las nuevas generaciones de dueños de mascotas — que quieren respuesta inmediata, presencia digital, servicio sin fricciones — no esperan.

La formación es urgente. La divulgación honesta — ni catastrofista ni naïve — es urgente. Y la voluntad de invertir en herramientas que mejoran el trabajo real, la experiencia del cliente y la sostenibilidad del negocio, también es urgente.

En KYBERVET llevamos meses trabajando exactamente en eso: soluciones concretas para problemas concretos del sector veterinario. Sin promesas vacías, sin magia. Con herramientas que funcionan, que ahorran tiempo, que mejoran el servicio.

Tres días en PROPET — y un año entero de conversaciones — me han confirmado que el camino es el correcto. Y que queda mucho trabajo por hacer.

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Jorge Sánchez
Jorge Sánchez CEO & Veterinario
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